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domingo, 25 de noviembre de 2012

Cómo conseguir financiación cuando aún no tienes empresa ni producto que enseñar




Por mucho que hayamos trabajado en el plan de negocio por muchas muchas conferencias, máster, reuniones y ‘PowerPoints’ que acumulemos-, si no tenemos algo tangible con clientes, no tenemos una empresa, sino más bien un experimento.

Éste es un error demasiado extendido. Da igual que hayas ido al notario e ingresado 3.000 euros para crear una Sociedad Limitada: no tienes una empresa. Y evaluar un experimento es tremendamente complejo. Y, además de complejo, se trata de una de las fases de mayor riesgo a la que te encuentras como emprendedor, pero también como inversor. Una idea, una hoja de cálculo con proyecciones de clientes, un mercado potencial, una idea sobre cómo distribuir, una precio aproximado, algo de inversión que consideras necesario. Una buena comunicación. Estas suelen ser las herramientas en esta fase de experimento. Si acudes a una entidad financiera con estas ideas, la respuesta será, en la mayoría de los casos, la misma: no hay financiación para ti. O no la hay si no tienes bienes que hipotecar (garantizar), o bienes de tus padres, o garantes de todo tipo. O transfieres ese riesgo a tu entorno más cercano o no hay financiación. La idea, el PowerPoint, y el Excel no sirven para mucho.

Cuando tratamos con una entidad bancaria “tradicional” existe casi una imposibilidad manifiesta para evaluar el riesgo de una idea emprendedora, y más si eres un joven o con poca experiencia a tu espalda o no dispones de un capital inicial para invertir (lo que, si lo tuvieras, lo más probable es que no acudieras a pedir ese préstamo). La financiación a una startup por el sistema “clásico” es tremendamente compleja.

La solución para salir de esta fase es, como tal experimento, lograr la financiación mínima que te permita experimentar: hay que invertir en el diseño de los bolígrafos y buscar la manera de poder obtener un set de prototipos que puedas enseñar, con las peculiaridades (al menos aproximadas) que reflejen tu idea lo más fiel posible. Necesitas, salir a la calle, estar con tus potenciales clientes, enseñarles lo que tienes, preguntarles, valorar su experiencia, evaluar con bisturí sus reacciones, lo que gusta, lo que no. Haz pruebas con los precios. Busca soluciones. Busca cómo distribuir, visita fábricas, visita a potenciales aliados, vete a los lugares donde se compraría tu producto, observa quién compra, qué hace cuando compra… sumérgete en la competencia (hazte fan, estudiala y busca qué se les está pasando por alto) conviértete en el profesional más experto del mundo de los bolígrafos. Hazte preguntas, ¿es sólo diseño de las tapas? ¿y qué pasa con los complementos? ¿qué otras prestaciones? ¿cómo lo eligen? ¿con qué propósito? ¿qué necesidad cubre? Puede que tu idea sea realmente revolucionaria y que no haya nada parecido -advertencia, seamos humildes, que ocurra esto es extremadamente difícil, asegúrate bien-. En ese caso, investiga bien algo que siempre hay: la necesidad.

Tras este testeo de aprendizaje profundo, de preguntarte y de convencerte con datos de que hay un hilo por donde tirar, en ese momento el emprendedor puede abrir alguna puerta a capital, denominado, semilla. Inversores que les gusta el alto riesgo pero que lo reducen apostando por muchos pequeños proyectos diversificados. Inversores que apuestan por ideas. Pero esas ideas hay que saber defenderlas bien, contestar a preguntas clave y mostrar un camino que es francamente duro. Y esto posiblemente te permitirá empezar: en ese momento estás abriendo las puertas hacia tener algo que realmente se pueda llamar empresa.

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